Alexandre
La raqueta chasqueó con firmeza contra la pelota y una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro. El sol pegaba fuerte, pero la energía del partido era mejor que cualquier combustible. Del otro lado de la cancha, Estêvão se reía a carcajadas al fallar la devolución, dejando que la pelota picara dos veces.
—Estamos oxidados, ¿eh? —dijo, jadeando, apoyando una mano en la rodilla—. Hace tiempo que no juego.
—Ni me lo digas. Pero al menos todavía tenemos aire para correr detrás de la pe