Aslin despertó con un jadeo ahogado. Su cabeza le palpitaba, su cuerpo dolía en cada rincón, y la opresión de las cadenas alrededor de sus muñecas le recordaba que no estaba soñando.
El suelo de concreto bajo ella estaba helado y áspero, impregnado de humedad y un leve olor a óxido. La oscuridad del sótano era casi absoluta, solo rota por la tenue luz de una bombilla parpadeante en una esquina.
Tragó saliva y trató de moverse, pero las esposas que ataban sus manos a una tubería en la pared se l