Yo sonreí y le di un beso en la cabeza a Mateo.
Él no sabía de cámaras manipuladas, ni de fotos servidas, ni de mujeres que salían a escena con camisas ajenas. Pero incluso así, con su lógica pequeñita, entendía algo que los adultos parecíamos olvidar: las cosas hechas para mirar también podían ment