—Falta la última —dijo Mateo, sentado en el piso con las hojas alrededor.
Yo levanté la mirada del computador.
—¿La última qué?
—Regla.
Sentí a Damián mirarme desde el sofá. Él tenía una taza de café en la mano y la camisa arremangada. Ya no parecía un extraño en mi sala. Tampoco parecía dueño. Pare