Capítulo 31: El veneno de David.
Las palabras de David eran como dardos venenosos, diseñados para herir.
—¿Qué demonios quieres? —le espeté, ya sin paciencia.
David sonrió con cinismo, su mirada fría y calculadora.
—Estaba pensando en no presentar las pruebas que tengo en tu contra a la corte a cambio de que dejes a ese hombre y continúes siendo mi esposa.
Mi corazón se aceleró por la indignación, pero mantuve la calma exterior.
—No me interesa tu oferta —repliqué firmemente.
—Marisol, él no te ama. Seguro sabe de qué familia