—Está bien, si lo odias no lo necesitamos, no volveremos a verlo —Diego consolaba a su hija con dolor.
Andrés, parado afuera, al escucharla decir que lo odiaba, sintió cómo la sangre se le helaba, un frío que se extendía desde sus pies hasta su pecho, formando un dolor sordo... Sus ojos se enrojecieron y su cuerpo se tensó.
Emilia, a su lado, lo miraba con frialdad:
—¿Lo ves? Julia te odia, así que no te le acerques más. Déjala en paz, permite que el resto de su vida sea un poco más feliz.
—Si h