La entrevista de Alex apenas había comenzado cuando lo oí.
No era una conversación ni el sonido de preguntas normales. Era un llanto.
Y no un llanto suave.
Era un llanto de pánico.
El sonido me atravesó.
Un segundo después, Alex salió corriendo de la zona de descanso, con las lágrimas deslizándose por su rostro.
—¡Amber!
Se abalanzó sobre mí y me rodeó la cintura con tanta fuerza que me hizo daño.
De inmediato me arrodillé.
—Oye… Tranquilo, ¿qué sucedió? Alex, respira.
Estaba temblando