Mi abuelo y yo llegamos temprano aquella mañana a la sede del Grupo Sun.
La tensión en el edificio era evidente.
Los asistentes recorrían los pasillos con rapidez, los teléfonos sonaban sin cesar y reinaba el caos silencioso de una empresa que se preparaba para una tormenta financiera.
En cuanto entramos, el personal de recepción se puso de pie.
—Señor Asher, señora Asher —saludó respetuosamente la secretaria—. El señor Sun ya los espera en el despacho principal.
Asentí.
—Gracias.
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