El auto de Jason esperaba junto a la acera: elegante, negro e impecablemente nuevo. La clase de vehículo que no necesitaba llamar la atención y, aun así, la acaparaba. Mason le entregó las llaves a Jason y se marchó sin ceremonias.
—Actúas rápido —comenté cuando Jason me abrió la puerta.
—Siempre estoy preparado —respondió.
La ciudad desfiló a nuestro lado entre reflejos de cristal y acero. Jason conducía con la serena seguridad de un hombre que jamás dependía de la suerte.
—Vamos a la alcaldía —dijo con tranquilidad.
Me volví hacia él.
—¿Ya?
—Sí. Todo está preparado. La licencia matrimonial ya está aprobada. Será una ceremonia civil y privada.
Asentí sin vacilar.
Cuando nos acercamos al edificio, un movimiento en las escaleras captó mi atención.
Oscar y Amelie salían de la alcaldía.
Amelie llevaba un conjunto blanco, hecho a la medida, costoso e inconfundiblemente nupcial, aunque sin la solemnidad de un vestido de novia. Caminaba del brazo de Oscar con una sonrisa radiante y victoriosa.
No miraron en nuestra dirección.
No nos vieron.
Jason esperó hasta que desaparecieron entre la multitud antes de estacionar directamente frente a la entrada.
—Se casaron —dije en voz baja.
—Sí —respondió Jason.
No parecía sorprendido.
—Nunca entenderé a mi hermano —añadió al cabo de un momento—. Mi investigador no encontró pruebas de que te hubiera sido infiel. Ni con Amelie ni con nadie.
Me volví hacia él.
—Eligió ser indiferente, no infiel —continuó Jason—. Y casarse con Amelie no le aportará nada bueno. Ni a él ni a la empresa. Ella no le ofrece ninguna ventaja. Ningún activo. Nada salvo apariencias.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Miré la pantalla.
Aella Ríos: presidenta de la junta directiva
Contesté.
—Amber —dijo Aella sin saludar, con la voz tensa—. Tenemos que hablar. No puedes llevarte las propiedades.
Sonreí levemente, mientras ella continuaba:
—Terminar tu relación con Oscar no significa que la empresa haya dejado de ser tuya —prosiguió con rapidez—. Eres una de sus propietarias. Podemos negociar…
—Yo no renuncié —dije con calma—. Me despidieron.
Silencio.
—Eso… —Aella se interrumpió—. Eso no cambia…
—Lo cambia todo —la interrumpí—. Nunca firmé un contrato laboral ni un acuerdo de sociedad porque me presentaban como una de las propietarias. Como copropietaria, para ser exactos.
Contemplé a través del parabrisas las escaleras de piedra de la alcaldía.
—No hay nada que vincule mis activos personales con la empresa —continué—. Las propiedades se compraron con mi dinero. Los contratos están a mi nombre. Yo pagué los impuestos. Cuando la empresa se quedó sin fondos, financié personalmente las adquisiciones.
Aella exhaló con brusquedad.
—Amber…
—Ustedes me despidieron —dije con serenidad—. Eso significa que también acabaron con cualquier ilusión de que mis activos le pertenecían a la empresa. Debían saber que esto ocurriría. Les ofrecí muchas oportunidades para que la empresa adquiriera la titularidad de las propiedades, pero las rechazaron todas. Ya que Oscar está tan convencido de que Amelie hacía mi trabajo y cubría mis responsabilidades, simplemente pídanle que ocupe mi lugar. Y ¿recuerdas los contratos de los últimos proyectos inmobiliarios? También se firmaron a mi nombre.
La llamada terminó poco después sin que Aella lograra darme una respuesta.
Bajé el teléfono.
Jason no hizo preguntas. Ya lo sabía.
—Mason —dijo al hacer una llamada—, necesito que te encargues de la situación de las propiedades de Amber. Protege legalmente la titularidad, bloquea cualquier intento de transferencia y prepárate para el revuelo legal que se avecina. Emite un comunicado público. Revelaremos algunos registros que demuestran que, aunque las propiedades le pertenecen, no ha recibido una compensación adecuada por su uso. Tendremos que involucrar al departamento legal.
Hubo una pausa.
—Sí. De inmediato —respondió Mason.
Jason terminó la llamada y me abrió la puerta. Luego metió una mano en su abrigo y sacó una caja de terciopelo negro. En su interior había un anillo de alejandrita cuyo color cambiaba sutilmente al recibir la luz.
—Ha pertenecido a mi familia durante generaciones —dijo en voz baja—. Era de mi madre.
Me colocó el anillo en el dedo con un movimiento firme y deliberado.
Entonces, sin perder el ritmo, sacó su teléfono y fotografió nuestras manos.
La luz del sol bañaba las escaleras de la alcaldía.
Lo que no advertimos fue que, al otro lado de la plaza, Daniel Cruz, uno de los amigos más cercanos de Oscar, se había quedado inmóvil, sosteniendo lánguidamente una botella de champaña a un costado.
Vio a Jason Sun colocarme un anillo en el dedo. Nos vio entrar juntos en la alcaldía. Y, para cuando las puertas se cerraron detrás de nosotros, él ya estaba haciendo una llamada.
Algunos incendios comenzaban en silencio.
Otros eran provocados con precisión.