31. ¿Por qué no me dijiste que eras virgen?
Tropezaron con el ropero, las patas de una silla y la orilla de una mesa. Sus alientos se entremezclaban de forma sorprendente, sus dientes; incluso, chocaban por la urgencia del contacto.
Sin preverlo, dejándose llevar como pluma al viento, fueron a dar a la cama.
Las fieras manos del brasileño se posaron firmes en la cintura femenina, y, despacio, la tendió delicada sobre las pulidas sábanas. Él tomó lugar entre sus piernas, todavía saboreándola.
Para ese punto, ya ninguno de los dos pensab