Almorzamos con algunos lobos que están en la casa por la tarde antes de dirigirnos a su casa. Recojo mis deberes y me cambio de ropa para pasar la noche.
En el transcurso del siguiente mes, caemos en rutina. La mayoría de las veces nos quedamos en su casa y, aunque nunca cruzábamos su línea, aprovechábamos el tiempo para explorar el cuerpo del otro, aprendiendo lo que nos gusta, lo que hace que el otro se desate. Fue un tiempo mucho más íntimo de lo que jamás hubiera imaginado. Había algo en el