200. LOS CABALLOS

Las horas pasaban lentamente para mí, que rezaba fervientemente por qué pasaran, y llegara la mañana, para que mi Julián apareciera. Las campanadas del viejo reloj, se estuvieron escuchando toda la noche, así como aquellas pisadas gruesas que se detenían frente a la puerta donde yo estaba justo detrás de ella.

Por fin con las primeras horas de la mañana, dejaron de escucharse con el ruido que comenzaron a hacer los sirvientes al llegar para prepararlo todo. Me asomé por una ventana y esta
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