Mundo ficciónIniciar sesión—Anoche soñé contigo —dijo Valeria, sin mirarlo, con la taza de manzanilla entre las manos y la luz gris del amanecer filtrándose por las persianas a medio cerrar—. Y no sé por qué me da miedo.
Gael no respondió de inmediato. Estaba de pie junto a la barra de la cocina, con una taza de café negro que no había tocado y los ojos puestos en algún punto entre ella y la ventana, como si también él hubiera pasado la noche despierto y tampoco tuviera palabras limpias para lo que había vivido en esas horas.
—Los sueños no son evidencia —dijo por fin.
—No te pregunté si lo eran.
El amanecer había llegado a la residencia con esa clase de luz sin color que precede al sol de verdad, una claridad provisional y fría que lo hacía todo parecer provisional. Valeria llevaba despierta desde las dos de la madrugada. Lo sabía con exactitud porque había mirado el reloj en ese momento, con el corazón latiéndole tan fuerte que podía sentirlo en la garganta, y desde entonces no había podido volver a cerrar los ojos sin que el interior de sus párpados se convirtiera en una pantalla donde algo ardía.
El primer flash había sido el más breve: una habitación con poca luz y el olor inconfundible del humo, no el humo doméstico de una chimenea sino el humo denso y caliente de algo que se consumía sin control. El segundo flash había llegado junto con el sonido, las sirenas lejanas y una voz que pronunciaba su nombre de una manera que ninguna persona en su vida adulta había vuelto a usarla, con esa inflexión específica que convierte un nombre en una urgencia.
Y en el tercero había habido manos. Unas manos que la sostenían por los brazos con una firmeza que no era violencia sino lo contrario, la clase de firmeza que se usa cuando alguien está a punto de caerse y tú eres la única estructura disponible.
Había despertado sentada en la cama, respirando como si hubiera corrido, con las sábanas retorcidas alrededor de sus piernas y un dolor sordo en las sienes que era el residuo físico del miedo. Se había quedado inmóvil durante varios minutos, intentando que el cuarto recuperara sus dimensiones reales, intentando convencerse de que las paredes eran paredes y el techo era el techo y ella estaba entera.
Había fallado en eso último.
A las tres y cuarto, cuando el temblor en sus manos ya no era manejable y el aire de la habitación había empezado a sentirse demasiado pequeño para sus pulmones, Valeria se había levantado y había caminado hasta el pasillo con la única intención de llegar a la cocina, de poner agua a calentar y de tener algo concreto en qué concentrarse.
Gael estaba ya en el pasillo.
No durmiendo, no descansando, sino de pie junto a su puerta con la misma postura de trabajo que tenía durante el día, como si su cuerpo hubiera decidido que el descanso era un protocolo que no aplicaba en esta asignación. La había mirado una sola vez, de arriba abajo, con esa eficiencia clínica que ya empezaba a resultarle familiar, y sin decir una palabra había dado media vuelta y caminado hacia la cocina delante de ella.
Como si lo hubiera estado esperando.
Como si ya supiera lo que ella necesitaba antes de que ella misma lo supiera.
Durante la primera media hora habían coexistido en un silencio que no era cómodo pero tampoco era hostil, sentados a lados opuestos de la isla de la cocina mientras la ciudad comenzaba a despertar afuera con esa lentitud que tienen las madrugadas de entre semana. Valeria había intentado hablar dos veces y había abandonado ambos intentos a mitad de la primera palabra, porque las preguntas que quería hacerle no tenían la forma correcta todavía.
Fue en la tercera taza de manzanilla cuando algo en ella cedió.
—En el sueño había fuego —dijo, con los ojos fijos en el vapor que ascendía de la taza—. Y sirenas. Y alguien que me decía mi nombre de una manera que... que yo reconocía. Que reconozco. —Hizo una pausa breve, casi dolorosa—. No es la primera vez que lo escucho así. Es que no sé cuándo fue la primera.
Gael tenía los dos codos sobre la barra y las manos entrelazadas frente a su boca, en esa postura que Valeria ya había aprendido a identificar como el momento en que él estaba eligiendo cuidadosamente qué decir y qué no.
—Los traumas de memoria no se recuperan en orden —dijo finalmente—. Los fragmentos aparecen solos. Sin contexto.
—Eso no es lo que te pregunté.
—No me preguntaste nada.
—Te estaba preguntando si tú estabas ahí —dijo Valeria, y su voz sonó más tranquila de lo que se sentía—. En el fuego. En esa noche.
El silencio que siguió fue diferente a todos los anteriores que habían habitado juntos en las últimas horas. Era un silencio cargado, tenso como una cuerda a punto de romperse, y Valeria vio con una claridad que la dejó sin aliento cómo algo cruzaba el rostro de Gael, algo que no era exactamente emoción pero que se le parecía peligrosamente.
Antes de que él pudiera responder, el segundo episodio llegó sin aviso.
No fue gradual. Fue una ola: el calor en la piel, el olor del humo, el sonido de las sirenas en una frecuencia que no existía en esa cocina pero que su cuerpo juraba que sí, y sobre todo la sensación física de que el suelo bajo sus pies no era real, de que ella estaba en dos lugares al mismo tiempo y en ninguno de los dos estaba a salvo.
La taza cayó antes de que ella pudiera sostenerla.
Gael llegó antes de que el sonido del impacto terminara de resonar en las baldosas. Sus manos encontraron sus brazos con esa firmeza específica que ella había soñado tres horas antes, y el reconocimiento fue tan violento y tan físico que Valeria ahogó un sonido que no era llanto pero se le parecía. Él la sostuvo contra su pecho sin preguntar, sin explicar, con la clase de silencio que tienen las personas que saben que en ciertos momentos las palabras no caben.
Ella no se apartó.
Eso fue lo que la perturbó más que cualquier otra cosa: que no se apartó. Que su cuerpo, que había pasado los últimos diez años aprendiendo a no necesitar a nadie en ninguna estructura que tuviera el apellido Arístegui grabado en la fachada, simplemente no encontró la instrucción de retirarse. Se quedó quieta contra el pecho de ese hombre que no debería conocerla y que sin embargo parecía saber exactamente cuánta presión aplicar y dónde, como si hubiera memorizado la geografía de su miedo.
El episodio cedió en menos de dos minutos. La respiración de Valeria se fue acompasando lentamente, y la cocina fue recuperando sus dimensiones reales, y el olor del humo fue diluyéndose hasta quedar solo en la memoria.
Pero ella no se movió todavía.
Una voz. La misma voz. Diciendo: Estoy aquí. No te suelto.
La frase llegó completa, con sonido, con la textura específica de una voz que ella reconocía. Y antes de que pudiera contenerla, antes de que pudiera decidir si era prudente o no, la frase salió de su boca exactamente como había vivido en el recuerdo, con la misma entonación, con el mismo acento de urgencia:
—No me toques así —susurró ella, sin saber del todo por qué lo estaba diciendo ni a quién exactamente se lo estaba diciendo.
Gael se quedó inmóvil. Y cuando habló, su voz fue tan baja que Valeria tuvo que dejar de respirar para escucharla.
—No me toques así —repitió él, completando la frase como quien completa una oración que lleva demasiado tiempo suspendida en el aire—. Como esa noche.
Valeria se separó de golpe y lo miró a los ojos. Y en ellos no encontró negación, ni sorpresa, ni la evasión calculada con la que Gael Rivas respondía a todo lo que no quería responder.
Encontró memoria.







