Ella

Siempre quise sus abrazos, reconocí a mi madre a temprana edad, lo supe al instante y, cuando la veía asomar la cabeza en la habitación donde yo jugaba solitario con mis juguetes preferidos, ella sonreía y salía del cuarto. Su sonrisa era superior a cualquier lujo y exceso de mi infancia. Reconocía su rostro a lo lejos, esa sonrisa perfecta la tenía memorizada, pero me era imposible recordar sus manos, sus caricias de madre no existían en mi registro sensorial. Al despertar sobresaltado, con

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