—Sí, todo lo que hay que saber —dijo Odell con un tono de hielo en la voz.
Sylvia torció los labios.
Odell se negó a apartar su intensa mirada de ella.
Un silencio absoluto descendió sobre la habitación.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.
Sylvia trató de evitar su mirada y quería jugar con eso.
—¿Te diría qué?
—¡Que te obligó a ir a Galston con él, que él fue la razón por la que terminaste con depresión y que me dijeras que el niño es mi hijo!