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Capítulo 15. Tu oferta ya no sirve de nada

Lia mira su celular y suspira.

—¿El viejo Storme ya llegó? —pregunta Yvy mientras deja una taza de café humeante sobre la mesa para ella.

—Acaba de llegar —responde Lia con voz baja.

Yvy se cruza de brazos.

—¿De verdad tienes que ir? Ese lugar solo te trae malos recuerdos. El señor Victor y la señora Adriana nunca te soportaron, y si están todos reunidos, seguro están tramando algo.

Lia toma un sorbo de café y deja la taza sobre el plato con cuidado.

—Debo ir, Yvy. Don Aldric siempre fue bueno conmigo, me trató con cariño cuando nadie más lo hacía. Está enfermo, no puedo darle la espalda ahora.

—Pero cuando el divorcio se haga público, ¿qué pasará? No podrás seguir fingiendo que todo está bien.

—Lo sé —responde ella con calma—. Le contaré la verdad poco a poco. Sé que lo entenderá. Lo que no quiero es que su salud se vea comprometida por mi culpa.

Yvy niega, claramente preocupada, pero no insiste. En ese momento, el celular de Lia vibra sobre la mesa. El nombre de Axel aparece en la pantalla. Ella lo mira unos segundos, duda, pero no contesta. Poco después llega un mensaje corto: “Estoy afuera.”

Yvy frunce el ceño.

—¿Otra vez él? No entiendo por qué tiene que ser precisamente él quien te lleve.

Lia recoge su bolso.

—Porque así lo acordamos. No quiero más problemas.

Yvy la acompaña hasta la puerta. Martin, el chofer, baja del auto y abre la puerta trasera para ella con una leve inclinación de cabeza.

—Buenos días, señora —dice, amable, como siempre.

Lia asiente y entra. Axel está en el asiento trasero, con el ceño fruncido y una carpeta en las manos. Apenas levanta la vista.

—¿Quieres pasar por el departamento para buscar tus cosas? —pregunta sin mirarla—. Puedo pedirle a Marcela que prepare algo para ti.

—No, gracias. No necesito nada.

Axel asiente y vuelve a centrarse en los documentos. El ambiente dentro del auto se vuelve espeso. El motor ruge y Martin arranca hacia la mansión. Durante el trayecto, ninguno de los dos habla. Lia observa por la ventana las calles que se alejan, intentando mantener la calma. En cualquier otro momento, estaría revisando su agenda, pendiente de cada llamada que Axel no podía atender. Pero ya no es su asistente, ni su apoyo, ni la esposa que buscaba complacerlo.

Axel, por su parte, se nota tenso. Pasa las hojas de la carpeta con impaciencia. De vez en cuando suelta un suspiro frustrado. Lia lo observa de reojo y recuerda cuántas veces lo vio así: absorto en su trabajo, desconectado del mundo. Antes eso la preocupaba; ahora, solo le produce cansancio.

Cuando llegan a la mansión, el auto se detiene frente a la entrada principal. Lia baja despacio, observando el imponente edificio. No puede evitar que su pecho se apriete.

Axel se adelanta para abrirle paso.

—Vamos —dice simplemente, pero en ese preciso momento, su celular suena y él queda atrás para contestar.

Lia respira hondo y cruza la puerta. De inmediato, siente las miradas sobre ella. Adriana y Victor están en el vestíbulo, esperándolos. Sus rostros no ocultan el desagrado.

—Buenos días —saluda Lia con educación.

Adriana la observa de arriba abajo, sin responder. Victor apenas hace un leve gesto con la cabeza. 

Lia finge indiferencia, aunque por dentro su corazón late con fuerza. No es la primera vez que recibe ese trato, y probablemente no será la última.

Aprieta el bolso entre sus manos, endereza la espalda y camina hacia el salón principal.

—Lia, estás aquí —La dulce voz de Ayla resuena desde la escalera, cargada de una emoción sincera.

Lia levanta la vista. Ayla baja los escalones con una sonrisa amplia, vestida con un conjunto exquisito de diseñador, pero sin el aire altivo que caracteriza a su madre. Tiene apenas veinte años, pero la confianza con Lia es natural. La conoce desde los siete y siempre la ha considerado como una hermana mayor, alguien en quien puede confiar dentro de una familia que pocas veces demuestra afecto.

Ayla llega hasta ella y la abraza con fuerza. Lia le corresponde.

—No sabes cuánto te extrañé —dice Ayla, apartándose solo un poco para mirarla a los ojos.

—Yo también te extrañé —responde Lia con una sonrisa leve.

Juntas se dirigen hacia el sofá. El ambiente cambia de inmediato cuando Adriana las observa desde su sillón, con un gesto de evidente desagrado. Su mirada se posa en la ropa de Lia, recorriéndola con desprecio y su boca se curva en una mueca burlona.

—¿Qué diría la gente si te ve entrando a la mansión con esas fachas? —lanza con veneno—. Seguro pensarán que mi hijo no te paga lo suficiente para comprarte algo decente. Imagínate, la empleada del comandante Storme usando ropa de segunda mano.

Ayla mira a su madre con desaprobación, pero Lia no baja la cabeza como solía hacerlo antes. La mira directo a los ojos.

—Ya no trabajo para su hijo, señora —responde con calma—. No soy su empleada, así que puedo usar lo que me dé la gana.

El silencio que sigue es tenso. Victor alza la vista del periódico, sorprendido. Ayla se queda quieta, y hasta Axel, que acaba de entrar a la sala, frunce el ceño al escuchar la respuesta.

Nunca antes Lia había hablado así frente a Adriana. Siempre evitaba las confrontaciones para no crear conflictos con Axel, pero ahora siente que no tiene nada que perder.

Adriana suelta una risa seca. Sabe que lo que dice es cierto, pero aún quiere molestarla.

—¿Crees que soy tonta? No renunciarías a tu puesto de asistente de Axel. Con lo celosa que eres, jamás dejarías que otras mujeres se acerquen a él. Además, ¿quién te daría trabajo? No sabes hacer nada, salvo servir café y sonreírle a los visitantes de mi hijo.

Axel da un paso adelante, molesto.

—Madre, basta.

—¿Qué pasa? —responde ella con desdén—. ¿Dije alguna mentira?

Axel aprieta la mandíbula, pero Lia se adelanta antes de que él pueda intervenir.

—Ser asistente del comandante no es la gran cosa, señora. Ese salario tan pobre no compensa el desprecio ni las humillaciones que tengo que soportar. Créame, hay empleos mejores, donde valoren a las personas por su trabajo, no por el apellido que llevan.

El rostro de Axel se tensa. Siente cómo las palabras le golpean con fuerza, pero también nota la determinación en la voz de Lia. Se acerca y toma sus manos entre las suyas, intentando calmarla.

—Si el salario es poco, solo debes pedirlo y lo aumentaré —dice con un tono que intenta sonar razonable—. Además, están las otras secretarias para ayudarte. Podemos contratar más personal si eso te hace sentir mejor.

Lia retira sus manos con suavidad.

—Ya renuncié —dice, sin más—. Tu oferta ya no me sirve de nada.

Axel se queda mudo. Adriana sonríe apenas, satisfecha. Ayla baja la mirada, incómoda. Victor vuelve al periódico como si no quisiera involucrarse.

El silencio se rompe cuando se escucha la puerta principal abrirse.

—¡El señor Aldric ha llegado! —anuncia Esteban, el asistente del anciano.

Las miradas se dirigen hacia la entrada. Don Aldric Storme entra con paso pausado, apoyado en su bastón. Sus ojos, aún brillantes a pesar de los años, recorren la sala hasta detenerse en Lia. Una sonrisa cálida se dibuja en su rostro, iluminando el ambiente.

—Lia, mi nieta querida —dice con voz temblorosa—. Ven a abrazar a este viejo, te he extrañado mucho.

Lia no puede evitar emocionarse. Se levanta y camina hacia él. El anciano abre los brazos y la envuelve en un abrazo largo y sincero, el único gesto verdadero de afecto que ella ha recibido en esa casa en mucho tiempo.

—Yo también lo extrañé, abuelo —susurra Lia, conteniendo las lágrimas.

El anciano se aparta un poco para mirarla.

—Estás más hermosa que nunca, hija. Me alegra que estés aquí. La casa se siente un poco más viva contigo aquí.

Detrás, Adriana revuelve los ojos con fastidio, mientras Axel observa en silencio, atrapado entre el orgullo y la culpa.

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