—Margarita… —susurró el adormilado hombre al otro lado de la pantalla.
Ella escuchó su voz ronca y entendió que era real. No era un sueño erótico ni una alucinación por beber tanto.
No le dio tiempo de hablar, ni de pensar y finalizó la llamada de forma insistente.
Presionó tantas veces la tecla para terminar el video llamado que el teléfono se le cayó de las manos y tuvo que gatear por la alfombra, desnuda, para buscar su móvil y desactivarlo antes de que el hombre le regresara la llamada o se