Él no se movió. No retrocedió.
—No puedo evitarlo.
Helen frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?
—No puedo evitarlo— repitió él con calma —. Eres mi esposa.
Las palabras cayeron entre ellos como una verdad incómoda.
Helen soltó una risa sin humor.
—Qué conveniente que lo recuerdes ahora. Despué