—¿Ya cenaste?
Helen asintió.
—Sí.
Alexander arqueó una ceja.
—¿Segura?
—Completamente.
—Mentirosa.
Helen lo miró sorprendida.
—¿Perdón?
Por primera vez en toda la conversación apareció una sonrisa auténtica en los labios de Alexander. Una sonrisa relajada. Cálida. Peligrosamente hermosa. De