Se quedó congelado. La boca entreabierta, como si le hubiera quitado el aire.
—No es… no era eso —balbuceó—. Yo solo… te deseaba. Te necesito. Pensé que tú también…
—Te deseé —admití, y dolió decirlo en voz alta—. Mi cuerpo te deseó. Pero mi cabeza no. Mi cabeza sigue viendo esa mancha de labial.