Mundo de ficçãoIniciar sessãoCAPÍTULO 2
Daniela. Mi hermana subió corriendo a la tarima. Estaba fuera de sí, con lágrimas en sus ojos muy alterada. —Catalina… no puedes —repitió—. Yo… yo me besé con Ricardo anoche. El salón quedó en silencio absoluto. Abrí los ojos incredula y sentí un vacío doloroso en el pecho, Mire a Ricardo esperando una respuesta. —¿Es verdad? —pregunté con la voz quebrada. Ricardo levantó las manos. —Fue un error. Estaba ebrio. No significó nada. Catalina, por favor… Daniela empezó a llorar más fuerte. —Yo lo amo… siempre lo he amado… no pude callarlo más… Amo a Ricardo. De pronto, Daniela llevó una mano al pecho, respiraba agitada y sus labios se pusieron morados, la venía temblar sin control, todo se me olvidó solo me importaba ella. —No… no puedo… respirar… Su cuerpo empezo a temblar, cayó al suelo. —¡Daniela! —grité mientras todos corrían hacia ella. Las horas en la sala de espera del hospital se hicieron eternas. No podía dejar de temblar. Tenía la mirada fija en la puerta del área de emergencias, esperando que alguien saliera con noticias de Daniela. Mi madre lloraba en silencio. Mi padre caminaba de un lado a otro ansioso por todo lo que estaba pasando a punto de estallar. Yo solo pensaba en Daniela desplomándose frente a todos. Ese recuerdo no dejaba de repetirse en mi cabeza. Ricardo apareció corriendo, Sudaba y parecía que había llorado. —Catalina… —dijo apenas llegó a mi lado. —Ricardo, no quiero hablar contigo —susurré, intentando mantenerme firme. —Déjame hablar, por favor. Solo escúchame. Estaba agotada, pero asentí. No tenía fuerza para discutir. —Ese día que tú… que me rechazaste —comenzó—, salí a buscarte. Te juro que quería arreglar todo. Pero quien abrió la puerta fue Daniela. Estaba llorando, empezamos a hablar y… terminamos tomando unos tragos. Bajé la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. —Ella me besó, Catalina —continuó—. Me tomó por sorpresa. Yo estaba confundido, molesto por lo que había pasado contigo, pero aun así la rechacé enseguida. Nunca quise lastimarte. No sabía nada de sus sentimientos. —Ricardo… —Perdóname —me interrumpió—. Por favor. Te amo. Eres mi universo. No sé vivir sin ti. Quería creerle. Quería que todo volviera a ser como antes, pero no se sentía bien. Mi mente era un desastre. —Necesito espacio —respondí suspirando —. No sé qué sentir, no sé qué pensar, dame tiempo. Ricardo cerró los ojos, frustrado, pero no insistió. En ese momento salió el médico. Todos nos levantamos al mismo tiempo. —Familia de Daniela López —llamó. —Aquí —respondió mi padre. El médico suspiro antes de hablar. —Su hija está estable por ahora, pero su condición es grave. Su corazón presenta una falla degenerativa. Hemos detectado un daño que ha avanzado durante años sin síntomas. Mi madre se llevó las manos a la boca, y empezó a temblar. —¿Qué quiere decir eso? —preguntó mi padre, alterado. El médico bajó la mirada. —Significa que… le quedan pocos meses de vida. No hay tratamiento que pueda revertirlo. Sentí que las piernas me temblaban como gelatina, Ricardo me sostuvo del brazo para que no me cayera, Mi madre empezó a llorar dolida. Papá se quedó en silencio, paralizado. —¿Podemos verla? —logré preguntar. —Sí, ella pidió hablar con su hermana, pero no la altere —respondió el médico. Entré sola a la habitación. Daniela tenía cables conectados al pecho y parecía más frágil que nunca. Cuando me vio, sonrió un poco. —Catalina… —susurró—. Ven. Me acerqué y tomé su mano. —Estoy aquí. Todo va a estar bien. Ella negó con la cabeza. —No va a estar bien. Lo sé… y ustedes también lo saben. Intenté mantener la calma. —Daniela… —Perdóname —dijo con la voz quebrada—. Yo… yo amo a Ricardo desde hace mucho tiempo. No lo planeé. No quise lastimarte. Solo… solo pasó. Apreté sus dedos con fuerza. —Eso ya es pasado. Ahora solo importa que estés tranquila. Ella negó otra vez, con lágrimas corriéndo por sus mejillas —Mi mayor deseo era poder ser su esposa… —confesó—. Pero sé que eso nunca podrá ser. Mientras tú existas… él nunca me verá con ojos de amor. Yo no tengo lugar en su vida. Mi pecho me dolió. No sabía qué decirle, cómo consolarla sin traicionarme a mí misma, a mí amor por el. De pronto escuché la voz de mis padres detrás de mí. —Catalina —dijo mi madre—. ¿Podemos hablar afuera? Besé la frente de Daniela y salí al pasillo. Mis padres se acercaron, ambos con el rostro pálido y lleno de lágrimas, estaban destruidos. —Escuchamos lo que dijo tu hermana —comenzó mamá—. Su última petición… su deseo antes de morir… —Mamá, por favor… no me digas… Papá me interrumpió. —Catalina, entendemos que esto es difícil, pero Daniela no tiene mucho tiempo. Lo que ella siente por Ricardo es real. Es lo último que pide. Lo único. Mi madre tomó mis manos. —Hija… por favor. Deja a Ricardo. Permite que él esté con Daniela estos últimos meses. Déjalos casarse. Me quedé muda. Sentí que mi respiración se cortaba. —¿Quieren que renuncie al hombre que amo… porque mi hermana lo pidió? —pregunté con la voz rota. Ambos guardaron silencio. Me quedé en shock. Sentía que el pasillo del hospital se cerraba y me atrapaba. —Hija —insistió mamá—, entiende que está en tus manos ayudar a tu hermana. Ella no tiene tiempo. Este sería su último deseo. —No me presionen —respondí, tratando de no quebrarme—. Esto no es una decisión mía, Es de Ricardo. Él no es un objeto que se entrega o se quita. Papá negó con la cabeza. —No seas ingenua. Ricardo te ama, eso es claro. Si tú lo rechazas, si cortas completamente cualquier posibilidad, él se alejará. Y Daniela podrá tenerlo en sus últimos meses. —¿Me están pidiendo que lo empuje a sus brazos? —pregunté, sintiendo cómo la voz se me quebraba. —Te estamos pidiendo que pienses en tu hermana —contestó papá, firme. No quería escucharlos más. Sentía que me faltaba el aire. Me solté de sus manos y salí corriendo por el pasillo. Mamá me llamó varias veces, pero no volteé. No sabía a dónde iba. Solo corría, esquivando médicos y pacientes, hasta que me detuve al ver demasiada gente reunida frente a una zona del hospital. Había guardias, doctores entrando y saliendo, murmullos tensos. Me acerqué a una enfermera que caminaba rápido, revisando una tabla. —Disculpe —le pregunté—, ¿por qué hay tanta gente aquí? Ella respondió sin detenerse, casi por costumbre. —Hace unos días ingresó el heredero de los Ferbuson. Está en coma. Hoy su estado empeoró. Sentí un frío recorrerme el cuerpo. Los Ferbuson. Los mismos que querían casar a su heredero con mi hermana. Me alejé unos pasos y, desde un costado del pasillo, vi llegar a varias personas rodeadas de guardaespaldas. Parecían intocables. La primera era una mujer rubia, elegante, con una mirada dura. Escuché cuando habló, sin bajar la voz. —No pienso perder más tiempo aquí. Si es necesario, esperaremos a que se muera. Se me revolvió el estómago. Detrás de ella entraron dos hombres, discutiendo en voz baja. —Ahora que ese estorbo está fuera, todo será más fácil —dijo uno, casi sonriendo. —Nuestro padre fue un imbécil por darle tanto poder —respondió el otro. No podía creer la frialdad con la que hablaban de alguien que luchaba por su vida. Di media vuelta, incómoda, y entonces sentí que alguien me tocaba el vestido. —Señorita… Bajé la mirada. Era una niña pequeña, de unos seis años, con una muñeca apretada contra el pecho. Tenía los ojos hinchados de llorar. —¿Estás bien? —pregunté, agachándome. Negó con la cabeza. —Quiero ver a mi papá —dijo con la voz rota—. Me dijeron que no puedo. —¿Tu papá está aquí? —pregunté con suavidad. Asintió. —Está dormido… pero quiero verlo. Antes de que pudiera decir algo, la mujer rubia apareció de nuevo. Miró a la niña con evidente molestia. —¿Qué haces aquí? —le dijo con desdén—. Vete. No es lugar para ti. La niña se encogió y apretó más su muñeca. Sentí un impulso inmediato. —Solo quiere ver a su papá —dije, poniéndome de pie—. No está haciendo nada malo. La mujer me miró como si yo fuera invisible. —No es asunto tuyo. Aléjate. No respondí. Me incliné de nuevo hacia la niña y le pasé una mano por el cabello. —Tranquila —le dije—. Todo va a estar bien. En ese momento, una joven con uniforme de servicio llegó corriendo. —Ana —dijo, aliviada—. Aquí estabas. Perdón, me distraje un momento. Tomó a la niña de la mano y me miró agradecida. —Gracias por quedarse con ella. —No fue nada —respondí—. ¿Él es su papá? La niñera asintió. —Sí. El señor Ferbuson. Su madre murió hace años. La niñera se la llevó con cuidado. Yo me quedé quieta, intentando entender todo lo que acababa de ver. —Catalina. Me giré. Ricardo estaba detrás de mí. —Necesito hablar contigo —dijo en voz baja. Asentí y caminamos hacia un pasillo vacío. Me tomó de las manos. —Lamento lo de Daniela. No sabía que estaba tan mal. Respiré hondo, conteniendo las lágrimas. —Ricardo… si de verdad me amas —dije, mirándolo a los ojos—, entonces cásate con mi hermana.






