La esposa Sustituta del Heredero en Coma
La esposa Sustituta del Heredero en Coma
Por: Moonie
LA PEOR TRAICIÓN

CAPÍTULO 1

Narra Catalina

Vengo de una familia de élite. Mi padre, Ignacio López, es uno de los empresarios más reconocidos del país. Mi madre, Cecilia, siempre fue la imagen perfecta de una esposa elegante, y mi hermana Daniela y yo crecimos rodeadas de lujos, comodidades y una educación estricta.

Aun así, estábamos lejos de ser una familia perfecta. Yo los amaba, y ellos me amaban a su manera.

Esa noche estaba en el departamento de Ricardo. Llevábamos años juntos. Siempre había sido paciente conmigo. Yo seguía siendo virgen y, aunque suene anticuado, quería llegar virgen al matrimonio. Sin embargo, últimamente él estaba más insistente.

Estábamos sentados en el sillón, besándonos, cuando todo se volvió más intenso. Sus manos recorrían mi cuerpo y su respiración se volvió pesada junto a mi oído. Yo también me sentía bien con sus caricias, lo sabía, pero también veía claramente su excitación, en su mirada y debajo de su pantalón.

—Quiero tenerte —me dijo, besándome el rostro con suavidad—. No quiero seguir esperando. Te necesito, mi amor.

Me aparté con cuidado y apoyé las manos en su pecho.

—Ricardo, ya te lo expliqué… quiero que sea cuando estemos casados. Sé que es anticuado, pero para mí significa entregarme por completo, en cuerpo, mente y alma.

Él resopló, molesto. Se levantó del sillón y se abotonó la camisa sin mirarme.

—No eres una niña, Catalina. Me haces sentir que no te importo.

—Claro que me importas —respondí, con la voz temblorosa—. Pero no estoy lista.

No dijo nada más. Me acompañó hasta la puerta sin besarme. Su silencio me dolió más que cualquier discusión. Sentí que lo estaba perdiendo.

Salí del edificio y comencé a caminar hacia mi casa. Era tarde, las calles estaban casi vacías y mi mente no dejaba de dar vueltas. Me sentía culpable, confundida, triste. Pensaba en Ricardo, en si había hecho lo correcto, cuando escuché un ruido fuerte, seco, seguido de un grito.

Me giré y vi un auto detenido a unos metros. Un hombre yacía en el suelo, cerca de la acera. 

Corrí hacia el hombre sin pensarlo. Estaba consciente, pero sangraba y respiraba con dificultad.

—Tranquilo, ya lo ayudo —le dije, aunque por dentro estaba aterrada.

No tenía experiencia, solo instinto, El hombre se quejaba de dolor, decía que no sentía bien una pierna.

—Voy a llevarlo al hospital

Durante el trayecto, yo sostenía su mano, tratando de mantenerlo despierto, hablándole para que no se desmayara.

Cuando llegamos al hospital, grité pidiendo ayuda. Los médicos lo sacaron en una camilla apenas lo vieron.

—¿Es familiar? —me preguntó una enfermera.

—No —respondí—. Solo… solo lo encontré.

—Necesito un nombre para registrarlo.

Dudé un segundo. —López —dije—. Mi apellido es López.

Asintió y se lo llevaron. Me quedé sentada, con las manos manchadas de sangre, sin saber qué hacer. Pasaron varios minutos hasta que un médico se acercó.

—Hicimos todo lo posible —me dijo con tono profesional—. Ahora está estable, pero usted ya no puede hacer nada más aquí. Necesitamos que se retire.

—¿Va a estar bien? —pregunté, con la voz quebrada.

—Eso lo sabremos con el tiempo —respondió—. Puede irse.

Salí del hospital sintiéndome vacía. Había hecho todo lo que estaba en mis manos, y aun así, no había sido suficiente.

Muy temprano en la mañana, me crucé con Daniela saliendo de su habitación. Estaba nerviosa, más de lo normal. Cuando me vio, frunció el ceño.

—Pareces un desastre —dijo—. ¿Qué pasó?

Le conté lo de Ricardo, nuestra discusión y cómo se había molestado.

—Cata… —dijo negando con la cabeza—. Ricardo es un hombre. Tiene necesidades. No puedes esperar que aguante para siempre. Merece una mujer más completa.

Antes de que pudiera responder, un empleado apareció con un enorme ramo de rosas rojas y una tarjeta.

“Catalina, perdóname. Eres el amor de mi vida y sin ti no puedo vivir.

Ricardo.”

—Ricardo… —susurré, aliviada.

Pensé que me dejaría, pero Daniela no compartía mi alivio. Estaba tensa.

—¿Te mandó flores? ¿Y lo vas a perdonar? —murmuró, molesta.

—No lo odies —le pedí—. Fue solo una discusión. Ricardo me ama.

Daniela frunció el ceño. —Haz lo que quieras. No me importa.

Pasaron un par de semanas

Esa noche era mi fiesta de cumpleaños número veintitrés.

Esa noche era mi fiesta de cumpleaños número 23. Me puse un vestido rojo que mamá había elegido conmigo. El tipo de vestido que hacía que todos te miraran apenas entrabas. Bajé las escaleras y los invitados empezaron a aplaudir. Todos sonreían, pero yo solo buscaba una cara.

—¿Dónde está papá? —pregunté.

—En el estudio —respondió mamá—. Está… alterado, ve a hablar con el.

Entré y lo vi con una botella casi vacía. Temblaba de rabia.

—Papá… ¿qué pasó?

—Los Ferbuson —dijo muy molesto—. Se adueñaron de mis acciones. Nos tienen en sus manos. Y quieren algo a cambio, que una de mis hijas se case con el heredero de su familia.

No entendía nada, ¿En qué momento había pasado esto?

—¿Qué… qué debemos hacer? —pregunté nerviosa imaginando el peor escenario.

Papá apoyó las manos en el escritorio.

—Ya lo hice, Acepté el compromiso.

Sentí un vacío en el pecho.

—¿El compromiso? ¿Con los Ferbuson?

—Sí —respondió sin mirarme—. Y Daniela será quien haga ese sacrificio.

—¿Daniela? —dije casi gritando—. ¡Papá, eso no puede ser! El heredero Ferbuson tiene una pésima reputación. Todo el mundo habla de cómo trata a las mujeres. No puedes obligarla a casarse con él.

—No tengo opción —respondió con un tono duro como nunca le escuché—. La familia depende de esto. Ustedes dependen de esto. Si no acepto, lo perdemos todo.

En ese momento Daniela entró al estudio con mamá. Venía arreglada para la fiesta, pero apenas vio la escena, su sonrisa desapareció.

—¿Qué está pasando? —preguntó.

Papá le hizo una señal para que se acercara.

—Daniela, necesitamos que escuches, lo que voy a decirte es serio.

Ella se sentó frente a él, nerviosa.

—Dime.

Papá respiró profundo para darse valor

—Aceptarás casarte con el heredero de los Ferbuson. Es la única forma de proteger a nuestra familia.

Daniela se levantó muy alterada.

—¿Qué? ¡No! ¡No me voy a casar con él!

Papá golpeó la mesa.

—¡Daniela, compórtate! No entiendes lo que está en juego.

—No me importa —gritó ella con los ojos llenos de lágrimas—. ¡No voy a casarme! ¡Yo… yo amo a otra persona!

Mamá se acercó a ella con el ceño fruncido.

—¿A quién? ¿Qué está pasando contigo? Daniela, habla, ¿Quien es ese hombre?

Daniela negó, desesperada.

—No quiero hablar de eso. No puedo. Me siento mal… no puedo respirar…

Papá se acercó preocupado, y mamá corrió por un vaso de agua. Daniela temblaba mientras sujetaba su pecho. Yo me acerqué y la tomé de los hombros.

—Dani, cálmate. Respira conmigo. Yo voy a arreglar esto —le aseguré—. No te van a obligar. Déjame pensar, ¿sí? Solo espera un poco.

Ella asintió, pero seguía llorando.

Mamá, intentando mantener la imagen perfecta que siempre cuidaba, nos miró a las dos con esa expresión seria que ponía cuando algo amenazaba la reputación familiar.

—Las dos deben salir a la fiesta ahora mismo —ordenó—. No podemos dar un espectáculo, Controlen sus emociones, hablaremos de esto después.

Daniela negó con la cabeza.

—No puedo…

—Puedes —respondió mamá, firme—. Y lo harás. La gente nos espera.

Sabía que discutir con ella no servía de nada. Miré a Daniela y le apreté la mano.

—Vamos juntas.

Cuando regresamos al salón, los invitados seguían riendo y conversando sin idea de lo que estaba pasando. Todo parecía normal, la fiesta perfecta de mamá, aunque todo era un caos en nuestra familia.

Ricardo se acercó enseguida, Me tomó de la cintura y me dio un beso en la mejilla.

—Te ves preciosa —susurró—. Te amo, Catalina. Eres lo más importante de mi vida.

Me aferré a su mano, el era todo para mí, lo amaba.

—Yo también te amo —respondí.

Entonces Ricardo me llevó a la tarima. Los músicos bajaron el volumen y los invitados nos miraron curiosos. Mi corazón se empezó a acelerar, quizás ya había llegado el momento.

Ricardo respiró, se notaba nerviosa , lo sé porque empezó a sudar mucho y, frente a todos, tomó el micrófono.

—Esta noche quiero hacer algo especial —dijo con una sonrisa—. Catalina… tú eres mi vida y no puedo vivir sin ti, Quiero compartir mi vida contigo ¿Quieres casarte conmigo?

Me quedé paralizada, No esperaba esa propuesta aunque la habia deseado desde hace tiempo, escuché a la gente murmurar, emocionada. Mi madre sonreía, orgullosa. Mi padre apareció en el fondo del salón, tambaleando un poco, pero parecía aprobarlo.

Miré a Ricardo. Él estaba feliz. De verdad se veía sincero, con su amor y sus sentimientos.

Di un paso adelante y lo abracé fuerte.

—Sí —susurré—. Sí quiero.

Los invitados aplaudieron. Ricardo me besó emocionado. Sentí que todo era perfecto por unos segundos.

Hasta que escuché un grito.

—¡No! ¡No puedes casarte con él!

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