Lorenzo seguía con la cabeza baja, revisando documentos, como si Celeste no existiera.
La tensión en el aire era palpable.
Celeste se detuvo un momento en la puerta, observando el archivo caído.
Lo recogió con calma y caminó hacia el escritorio, colocándolo suavemente sobre la mesa. Al levantar la vista, notó que el traje negro de Lorenzo estaba ligeramente mojado.
—Tu ropa está mojada. Ve a cambiarte antes de que te resfríes —le dijo, con un tono suave.
Lorenzo no respondió. Ni siquiera hizo un