Medianoche.
Celeste, agotada, se había quedado profundamente dormida.
Lorenzo, vestido con una bata de baño, se encontraba de pie junto a la cama, observándola por un momento. Luego, con cuidado, le acomodó la manta, y sus dedos largos y elegantes rozaron suavemente su delicada barbilla antes de dirigirse hacia la puerta.
Al llegar a su estudio, Lorenzo se sentó en la silla frente a su escritorio y sacó su teléfono para hacer una llamada.
—Hijo, ¿a qué debo el honor de que me llames?
La voz de O