Punto de vista de Laila
Aun así, solté un suspiro de alivio tan evidente que Adelaide lo notó.
—¿Creíste que estaría herida? Dije que solo iría a ver a un sanador.
Quería verla, abrazarla y hacerle saber que estaba con ella, pero al alcanzar la manija de la puerta, esta no cedió. Estaba cerrada con llave.
—Abre esto —exigí—. Quiero abrazar a mi cachorra.
—No creo que sea necesario —respondió Adelaide.
—¿No es necesario? Es mi cachorra.
—Y está a salvo.
—No lo sé con certeza. No hasta que hable