Esa noche, Julien no pudo dormir. Yacía al lado de su encantadora esposa, ahora dormida, sonriendo dulcemente después de su maravillosa velada juntos. Pero no pudo evitar pensar en lo que le había dicho su dulce y feroz esposa. No temía nada más que una cosa, y lo había revelado esta noche: Perderlo.
No podía permitir que eso sucediera... y tampoco podía perderla.
Solo había una cosa que él podía hacer. A Lacey no le gustaría, pero era la única forma de evitarles tanto el dolor como la pena.