30. Yo te enseñaré
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Gabriel
“¿Frío? ¿Frío? ¿No tenía otra excusa mejor?” Pensé, reprendiéndome internamente mientras veía a varios hombres observando a mi prometida con descaro. No me gustó, no me gustó en absoluto, pero jamás admitiría esa molestia.
Salimos del lugar, con mi rostro ensombrecido queriendo devolverme para golpear a esos hombres, y sin pensarlo, entrelacé mis dedos con los de ella. Sentir su piel contra la mía fue un alivio que no esperaba, pero lo ignoré y simplemente apuré el paso. Ella, con