Me giré hacia el renegado y me troné el cuello.
—No te preocupes. Lo haré.
El renegado se abalanzó.
Dí un paso hacia un lado y lo atrapé de la muñeca, torciéndosela con fuerza. Aulló e intentó zafarse, pero lo mantuve firme. Le propiné un rodillazo en el estómago y él se dobló, ahogándose.
—¿Dónde está? —gruñí.
Escupió sangre a mis pies.
—Muerta. Ya te lo dije.
Lo golpeé de nuevo. Esta vez, mi puño impactó en su mandíbula, sacudiéndole la cabeza hacia un lado. Se tambaleó hacia atrás y