CAPÍTULO XXIII
No podía parar de llorar.

Sentía que mis lágrimas brotaban directamente de mis huesos, como si mi alma hubiera alcanzado su punto de quiebre. Me sentía hueca, arrastrándome en un bucle de emociones que no terminaban nunca: rabia, miedo, tristeza... y un asco indescriptible hacia mí misma, hacia todos.

El aire en aquel sitio, que alguna vez confundí con refugio, me resultaba ahora tan denso que apenas podía respirar. Tener un bebé aquí... era impensable. Era una locura. ¿Cómo había terminado así?
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