En un instante, un hombre se encontraba frente a ella, bendecido por Adonis en persona y besado por la diosa. Los ojos de Ariel descendieron con apreciación por su cuerpo, el abdomen marcado por horas de entrenamiento, teñido de un bronceado delicioso que le hacía querer lamerlo por completo.
Sus ojos bajaron con dificultad desde esas bien definidas líneas y continuaron descendiendo hasta la V de su cintura.
Eso era lo más provocativo que un hombre podía poseer.
Ariel miró sin vergüenza cómo la