Pero él sonrió. Una sonrisa verdadera. Pequeña, torcida, cansada — pero verdadera.
— Hablo con Gonzalo —dijo, levantándose—. Te va a matricular en una universidad de un amigo mío. Y vas a salir de aquí con seguridad todos los días. En ningún momento estarás sola. ¿Entendido?
— Entendido —respondí, y sonreí.
Mi pecho estaba caliente. No era amor — todavía no. Era otra cosa. Era la sensación de ser escuchada por primera vez en la vida.
Él rodeó la mesa y se detuvo a un paso de mí. Se acercó más.