Se despertó una mañana de viernes con el olor a pan.
No el recuerdo del pan, no el olor anticipatorio del pan comenzando a hacerse, sino pan real, presente, cercano, en la habitación con ella. El olor específico del pan que le había descrito a él en la sala de examen mientras le vendaba la herida, el pan plano de los cuartos omega, el pan de ceniza que Marta hacía cada mañana y que había sido el olor que no sabía la diferencia entre una omega y una Luna, y que simplemente era.
Se quedó inmóvil.