Sin embargo el hombre no se inmuta ante el grito de Zoe. Pero ella no se detiene, su corazón late desbocado, ni siquiera está corriendo, pero siente que el cuerpo como si estuviera en la maratón.
Llega más cerca del hombre en el momento cuando él se gira para observar si viene un ciclista y Zoe se queda helada, haciendo que el hombre frunza el ceño y se acerque a ella.
—Señorita, ¿está bien? —le pregunta con cortesía.
—Papá… —la palabra sale ahogada y dolorosa.
—¿Papá? Discúlpeme, pero no l