Capítulo 8. Medusa (parte 2)
Mis mejillas se calientan un poco más. Estoy hirviendo de ansias, pero también de vergüenza, sí. Porque quiero sentir lo que esa mujer. Porque me da curiosidad saber qué sigue desde aquí y cómo es posible que alguien entregue su libre albedrío de esta forma tan... tan... ¿degradante?
Sus dedos se mueven entre mis pechos. Pellizca la piel alrededor de mis pezones, pero no los toca directamente, y ¡carajo!, qué molestia.
—¿Así lo imaginabas? —pregunto y yo gruño de rabia—. ¿Piensas que es así de satisfactorio tener mi favor sexual?
Me atrevo a cerrar los ojos cuando sigue bajando y esas manos grandes hacen un poco de presión en mis caderas. Me digo que no debo, que esto puede resultar de nuevo en la frustración más pesada que haya sentido, pero no soy capaz de resistirme cuando al fin baja su boca de nuevo y mordisquea en mi piel febril.
Mi cuerpo se despega de la cama inevitablemente.
Contengo mis manos para no llevarlas de nuevo a su cabeza y empujarlo más abajo. Ruego en mi interior q