(Un día antes)
Chloe se miró una última vez en el espejo del tocador, ajustando con dedos trémulos los aretes de diamantes que Julian le había regalado en su tercer aniversario.
Aquellas joyas, que antes le parecían un símbolo de amor eterno, ahora se sentían frías y pesadas contra su piel, como si anticiparan el desastre que estaba por venir.
El vestido de seda color esmeralda, de un corte impecable que resaltaba su figura delgada y su elegancia natural, se sentía como una segunda piel que intentaba protegerla de una inseguridad que no podía explicar.
Había pasado semanas planeando cada detalle para esta noche; no era una fiesta cualquiera, sino el décimo aniversario de Miller & Co., el imperio que su padre había levantado con sudor y sacrificio.
Tras la muerte de su padre, Chloe, movida por un amor ingenuo, había puesto todo el control en manos de su esposo, Julian Miller, confiando ciegamente en que él cuidaría su legado como ella lo hacía.
—Estás perfecta, Chloe —se susurró a sí misma, tratando de forzar una sonrisa —. Todo va a estar bien. Es solo el cansancio.
Últimamente, Julian era un completo extraño. Sus reuniones de emergencia terminaban de madrugada y, en más de una ocasión, Chloe había detectado en su ropa un aroma floral dulce que ella jamás usaba.
Pero se decía a sí misma que eran paranoias de esposa celosa. Él estaba bajo mucha presión por la convención internacional.
Al bajar del auto frente al imponente centro de convenciones de Las Vegas, los flashes de los fotógrafos la rodearon de inmediato.
Chloe caminó con la elegancia que se esperaba de la dueña de la compañía, manteniendo la barbilla en alto y buscando la figura de Julian en la alfombra roja. Sin embargo, solo encontró rostros de socios extranjeros y desconocidos.
—¡Chloe! Qué sorpresa que hayas podido venir —una voz chillona, cargada de una falsa amabilidad, la detuvo de repente.
Era Amber, la asistente personal de Julian. La mujer lucía un vestido rojo carmesí con un escote que dejaba muy poco a la imaginación. Amber no se movía como una secretaria; se movía como si fuera la dueña del lugar.
—¿Sorpresa? Soy la esposa del CEO, Amber. Lo raro sería que no estuviera aquí para celebrar el éxito de la compañía de mi familia —respondió Chloe, manteniendo el tono firme.
Amber soltó una risita, acomodándose un mechón de pelo perfectamente peinado con un gesto pretencioso.
—Oh, claro. Es solo que Julian me comentó que habías estado un poco... indispuesta. Con tanto estrés en la oficina, él pensó que preferirías la paz de tu habitación. Sabes cómo es él, siempre tratando de cargar con todo para que tú no tengas que molestarte con los detalles del negocio.
Chloe frunció el ceño, sintiendo un pinchazo de duda. ¿Desde cuándo Julian le contaba a su asistente sobre el estado de ánimo de su esposa o sus supuestas indisposiciones?
—Agradezco su preocupación, Amber, pero estoy perfectamente. Ahora, si me permites, voy a buscar a mi marido.
—Por supuesto —dijo Amber, dándole paso —. Adelante. La noche apenas comienza y creo que hay muchas cosas que no has visto aún.
Al entrar al gran salón de baile, Chloe sintió un cambio inmediato en el ambiente. El ruido de las risas y el chocar de las copas de cristal parecía amortiguarse cuando ella pasaba.
No era la admiración habitual que solía recibir; era un silencio incómodo, una atmósfera cargada de lástima que se abría a su paso.
—¿Es ella? —escuchó un murmullo agudo desde una mesa de empleados de marketing.
—Sí, la esposa. Dios, qué fuerte. ¿Cómo puede caminar así después de lo que todos saben? —respondió otra voz con una mezcla de burla y compasión.
Chloe apretó su bolso contra su costado, sintiendo que las palmas de sus manos empezaban a sudar. Siguió avanzando, buscando desesperadamente la figura alta de Julian.
Saludó a un par de directivos, pero las conversaciones morían apenas ella intentaba integrarse. Era como si todos en el salón compartieran un secreto del que ella era la única excluida.
—¿Dónde está Julian, Mark? —le preguntó finalmente a uno de los socios más antiguos.
Mark evitó mirarla a los ojos, concentrándose intensamente en su copa de coñac.
—Eh... por ahí debe estar, Chloe. Cerca de la tarima principal. Escucha... si te sientes cansada, no tienes que quedarte hasta el final, ¿sabes? Nadie aquí te juzgaría por irte a casa temprano.
—¿Por qué todos me dicen lo mismo hoy? —interrogó Chloe, empezando a perder la paciencia—. Estoy en la fiesta de mi empresa, con mi esposo. No estoy cansada, Mark.
Caminó hacia la zona VIP, donde la luz de los candelabros de cristal creaba sombras alargadas sobre la alfombra. Su corazón latía con una fuerza dolorosa contra sus costillas. "Algo está mal, muy mal", se repetía su instinto una y otra vez.
El aire estaba cargado de una verdad colectiva que todos en ese salón de mil metros cuadrados conocían, excepto la mujer que había financiado la mitad de esa gala con sus propias acciones.
Entonces, los vio.
Cerca de la enorme cristalera que daba a las luces neón de la ciudad, Julian estaba de pie, bebiendo de una copa de cristal tallado.
Pero no estaba solo. Amber estaba allí de nuevo, pero la distancia que debería existir entre un jefe y su empleada se había evaporado por completo.
Amber tenía su mano apoyada con firmeza en el pecho de Julian, justo sobre su corazón, y él, lejos de apartarla, la rodeaba por la cintura con una mano que se hundía en la seda roja del vestido.
Se reían. Julian le decía algo al oído que hizo que Amber echara la cabeza hacia atrás en una carcajada íntima.
Chloe sintió como si un balde de agua helada le cayera encima, paralizándole los pulmones. El ruido de la música se convirtió en un pitido agudo y molesto en sus oídos.
—¿Julian? —su voz fue apenas un susurro, casi inaudible sobre el violonchelo que sonaba de fondo.
Julian se tensó. Chloe vio cómo sus hombros se ponían rígidos antes de girarse lentamente. Al verla, sus ojos no mostraron ni una pizca de arrepentimiento o sorpresa.
Lo que vio en la mirada de su esposo fue una chispa de molestia, como si ella fuera una interrupción inoportuna en su apretada agenda de la noche.
—Chloe. Te dije claramente que no era necesario que vinieras —dijo él, sin soltar en ningún momento la cintura de Amber.
Amber, por su parte, ni siquiera intentó disimular. Al contrario, se acomodó más contra el costado de Julian y le dedicó a Chloe una sonrisa de pura malicia.
—Julian... ¿qué es esto? ¿Por qué la tocas de esa manera? —preguntó Chloe, sintiendo que las lágrimas empezaban a quemarle los ojos, aunque se obligó a sí misma a no llorar frente a toda esa gente.
La humillación de ser observada por cientos de empleados era casi tan dolorosa como la traición misma. Se sentía desnuda, expuesta ante los ojos de todos los que ya sabían que su matrimonio era una farsa.
—No hagas una escena, Chloe —siseó Julian, dando un paso hacia ella pero manteniendo a Amber pegada a él—. Amber solo me estaba ayudando con los detalles finales del discurso. Estás imaginando cosas donde no las hay. No arruines la noche más importante del año para la compañía con tus inseguridades de siempre.
Chloe miró a su alrededor. Varios empleados se habían detenido y observaban la escena con anormalidad.
Ella era la esposa legítima, la heredera de los Starling, la mujer que lo había apoyado cuando no era nadie; y sin embargo, en ese momento, se sentía como una intrusa mendigando atención, mientras la amante de su marido la miraba con lástima desde el refugio de los brazos de Julian.
—¿Inseguridades? —repitó ella —. Te vi, Julian. Todo el mundo en esta sala lo está viendo. Me estás humillando frente a mis propios empleados.
—Estás viendo lo que quieres ver porque estás emocionalmente inestable —respondió él con despego, volviéndose hacia Amber como si Chloe ya no fuera digna de su tiempo—. Vamos, Amber, tenemos que subir al escenario para el brindis principal. Chloe, ve a buscar un poco de agua y siéntate, te ves pálida y estás haciendo el ridículo.
Chloe se quedó allí, de pie en medio de la exuberancia y el lujo, mientras su marido se alejaba con otra mujer a la vista de todos.