Era alta, esbelta y de movimientos elegantes.
Llevaba un vestido negro entallado que contrastaba con la blancura de su piel, y su cabello oscuro caía libremente por su espalda como una cascada de seda.
Un maquillaje de ojos sutil resaltaba su mirada profunda, mientras que sus labios rojos —tan vivos como el fuego— completaban el cuadro de perfección.
No necesitaba joyas ni adornos.
Su sola presencia era suficiente para dominar la sala.
Una oleada de murmullos recorrió el banquete.
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