Unos minutos después, el camarero regresó con una enorme porción de pastel de chocolate que parecía más una comida completa que un postre. Estaba coronado con una espiral de crema batida y dos cerezas rojas brillantes. Lo colocó entre nosotros junto con dos tenedores.
Alexander miró el pastel y luego me miró a mí. Por un instante pensé que se negaría a seguir participando en aquella farsa. Pero, para mi sorpresa, tomó uno de los tenedores.
—Ya que estamos haciendo esto, al menos hagámoslo convin