MÍA
—Mía.
Ángelo viene detrás de mí, me quedo poco a poco sin aire, con la confesión que me acaba de hacer, mueve mi mundo y el alma se me cae a los pies.
—Lo siento, no puede pasar —me dice uno de los hombres que custodian la entrada del despacho de mi padre.
—A un lado —espeto con fiereza, cerrando los puños—. Tengo que hablar con mi padre.
—El capo ha ordenado que no se le interrumpa —insiste el hombre.
—Vamos, Mía —Ángelo tira de mi brazo con fuerza—. No hay nada que puedas hacer, de cualqu