Al anochecer, Isabella y el alazán Relámpago llegaron a una posada. Ambas pudieron descansar bien, pues en sus viajes Isabelita siempre se mantenía alerta. Antes de que amaneciera, ya estaba levantada, aseándose y cubriéndose el rostro con un velo negro antes de continuar su viaje.
El trayecto era arduo, y el frío helado. Aunque llevaba el rostro cubierto, el viento había agrietado su piel, volviéndola áspera.
Cada noche, al llegar a una posada, se miraba en el espejo de bronce y notaba cómo su