Después de varios intentos de reanimarla, entre pellizcos en las manos y masajes en las sienes, lograron que la abuela despertara.
Al abrir los ojos, todavía lloraba.
—¡Dios mío! ¿Por qué permites que los niños del mundo sufran tanto? Toda la familia Díaz de Vivar ha sido masacrada. ¿Por qué las cosas tienen que ser así? ¡El destino es tan injusto y tan cruel!
Isabella no podía soportar escuchar esas palabras. Rápidamente salió al exterior. Durante todo ese tiempo, las lágrimas parecían no dejar