Harold se estremeció. Se le llenaron los ojos de lágrimas al ver la rabia y el asco que su madre le dirigía.
"Mami, no me odies", le tembló la voz a Harold. "Lo siento. Es culpa mía. Intentaré ser menos torpe".
Se acercó lentamente a Adina y le cogió la mano. Pero Adina le apartó la mano.
"¡Te dije que no me toques!". Adina estaba agitada e inquieta. Levantó la mano y tiró la tarta de fresas y chocolate al suelo.
Todos los presentes en el comedor se quedaron atónitos, especialmente sus hijo