Cuando el lujoso coche se detuvo frente a mi edificio de apartamentos, traté de abrir la puerta para huir de inmediato, pero por más que intentara, la puerta no se abría. Hernán contralaba la cerradura y no me dejaba salir. Volví la cabeza hacia él y le dije ansiosamente:
—Abre la pueta. Tengo que irme ahora.
Me acercó y me miró fijamente. Me puse nerviosa ante su acción, entonces me limitaba a murmurar en voz baja que me abriera la puerta.
Extendió la mano y me frotó la cabeza, diciendo:
—No m