—Martín, tengo dos regalos, para que la buena fortuna te llegue por duplicado.
Martín me sonrío con su mirada repleta de ternura puesta en mí y dijo:
—A ver, ¿qué regalos me has preparado?
Dicho esto, empezó a acariciar mi cuello. Por cierto, déjenme explicar, debido a su mala costumbre de frotar mi cabello, mis compañeros de clase se burlaban a menudo de mi peinado desordenado. Entonces, no permití a Martín que me tocara el pelo nunca. Y él no tuvo más remedio que hacer concesiones, pero empezó