Capítulo 76. La herida que habla
—Luca, ayúdame. Pesa demasiado.
Aletta jadeaba, sus hombros casi cedían mientras sostenía a Adrian, ya inconsciente. El cuerpo del hombre se desplomó sobre la delgada alfombra de la sala.
La respiración de Aletta era agitada, el pecho le dolía por la adrenalina que aún corría salvaje por sus venas. Bajo la luz parpadeante del neón, el rostro de Adrian se veía pálido, como el de un cadáver.
—Hermana, su cuerpo está muy frío —dijo Luca con la voz quebrada. Ya no había rastro de ira, solo miedo—.