—El silencio en la mansión era tan profundo que Lucía podía oír el latido de su propio corazón. La mujer que afirmaba ser su hermana estaba de pie frente a ella, con una expresión que mezclaba esperanza y cautela. Lucía la examinó detenidamente. La misma nariz, los mismos ojos oscuros, la misma forma de inclinar la cabeza cuando algo la desconcertaba. Era como mirarse en un espejo distorsionado por el tiempo.
—No puede ser —murmuró Lucía, dando un paso atrás—. Mi madre nunca mencionó otra hija.