El camino a casa fue silencioso, casi insoportable. El suave zumbido del motor llenaba el coche, interrumpido solo por algún intermitente ocasional o el sutil silbido de los neumáticos sobre el pavimento mojado. Mantuve las manos cruzadas sobre el regazo, aunque sentía cada centímetro de mi cuerpo hiperconsciente de Ace sentado a mi lado. Su presencia era magnética, sofocante, de una forma que me hacía consciente de cada cambio, de cada sutil movimiento.
Lo miraba de reojo, captando el tenue de