Cuidar de Alice era un deporte.
No del tipo divertido. Del tipo agotador, que me hacía rechinar los dientes y me hacía palpitar las sienes y agotar la paciencia en cuestión de minutos. La niña tenía una energía que parecía inagotable, como si la impulsara algo mucho más fuerte que el azúcar. Corría de un extremo a otro de la habitación, se subía a muebles que no debía tocar, hacía preguntas que no esperaba respuesta y se reía —se reía— cada vez que le decía que se sentara.
"Alice", dije por lo