Cerré la puerta tras de mí y dejé caer los hombros, lo justo para parecer agotada, lo justo para despertar preocupación.
La tía Willow ya estaba dentro, quitándose el abrigo con deliberado cuidado, cada movimiento preciso. No corrió hacia mí. Nunca lo hacía. No importaba. Sabía cómo acortar la distancia.
Crucé la habitación y la rodeé con mis brazos, apretando mi rostro contra su hombro como si me hubiera mantenido a flote solo con fuerza de voluntad.
"Ay, tía Willow", dije, con la voz perfecta