Cerré la puerta de la habitación de Alice sin hacer ruido y me quedé allí un momento, con la mano aún apoyada en el pomo.
Se había quedado dormida más rápido de lo que esperaba. Le habían limpiado la rodilla, le habían vendado, le habían besado. Lloró contra mi pecho, con los dedos apretados en mi camisa, como si temiera que desapareciera si me soltaba. Me quedé hasta que su respiración se estabilizó, hasta que la tensión finalmente abandonó su pequeño cuerpo.
Solo entonces me fui.
Ahora la cas