EIZA
No podía creer lo que veía. Ahí, de pie en la puerta de mi apartamento, estaba el señor Isaac Orlov. ¿Cómo era posible que supiera dónde vivía?
—Hola, ¿cómo has estado, señorita Montiel? —me saludó con una sonrisa que sólo aumentaba mi nerviosismo.
—No me esperaba verlo aquí... ¿Le gustaría pasar?
—Sí, para que conversemos.
—Quiere un poco de jugo, té o café—ofrecí nerviosa.
—No te preocupes —respondió él, levantando las manos de forma conciliadora—, aunque un vaso de agua no me vendría m